«Recurrencia espiroidal»

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Transitoriedad, recurrencia, el mundo girando en una espiral interminable en la que se suceden los tiempos, repitiéndose sin repetirse, destruyendo para crear. ¿Pero por qué hablamos de todo esto si podemos decir que son palabras vagas y superficiales? Quizá sea un tema que nuestro ente enigmático, el héroe de todos los tiempos, aquél que le ha dado distintos carices al mundo, aquel ente surgido de la nada, por generación espontánea, cuya palabra ha aliviado a millones y pasmado a tantos otros. Y no, este ente no es Dios –por si lo estaban pensando–, él ha decidido tomar el nombre «Syloh». Claro, los no instruidos se preguntarán cuál es la diferencia entre Dios y Syloh; basta responder que mientras de Dios solamente se especula su venida a la tierra en forma de Cristo, Syloh ha contactado innumerables veces al pueblo que formamos como humanos. Tampoco debe ser confundido con un extraterrestre, pues a pesar de que su naturaleza no es idéntica a la de los hombres, debido a que su existencia entera ha estado ligada siempre a este pequeño gran mundo terrenal. Empero, esas anécdotas las dejaremos para otra ocasión; la única historia que nos preocupa en el momento es la referente a las primeras palabras escritas en estas blancas hojas, historia de las reflexiones de este magnánimo ente acerca de su ir y venir. Cabe destacar que esta historia no es una historia sencilla, es una composición compleja de pensamientos y vivencias de Syloh a través de los años, y la presentaremos a continuación, aun podríamos decir que lo que sigue ni siquiera es una historia, es un ensayo.

 

Todo comenzó el día en que Syloh apareció, sé que anteriormente fue dicho que apareció de la nada, mas eso implicaría quitarle el mérito a sus creadores. Sí, Syloh fue creado por una raza ancestral de humanoides que vivieron en la Tierra, de un origen semidivino que pobló y domesticó el mundo que hoy tenemos el descaro de llamar nuestro. Aunque difícil sería describir la creación de Syloh, pues las técnicas de estos ancestros –que de ahora en adelante llamaremos «Beurs»–, a pesar de ser mitológicas, eran de un calibre superior a cualquiera de las nuestras. Ésa es una característica por la que los llamo semidivinos, la otra es porque sucumbieron a sus instintos terrenales –si me es permitido llamarles de alguna forma sencilla–, los Beurs perecieron ante sus interminables guerras y conflictos que por poco acaban con nuestra Madre Tierra. Daquí es de donde deviene la primera característica en la cual Syloh se fijó que existía una recurrencia espiroidal transitoria, pues como ha visto en este mundo estos instintos dionisíacos se han sucedido de especie en especie, de generación en generación, dentro de las familias. Empero, incluso con esta transición que ha existido entre nosotros sin darnos cuenta, nunca se han presentado dos casos iguales, pues los integrantes de estas pérfidas bacanales son siempre cambiantes y gozan de distintos atributos, lo cual los hace únicos en cierto grado. (Hasta ahora hemos definido la parte de recurrencia y espiroidal en términos de Syloh, ahora enfoquémonos en lo que será la transitoriedad.) Lo descrito anteriormente tiene una característica esencial, y ella es que una vez que se da rienda suelta a este desenfreno espiritual el fuego se apaga rápidamente, puesto que no tarda en consumir cada parte que compone esta fiesta perversa, destruyendo al ente que la haya convocado. Además existe una peculiaridad extra que no hemos sacado a relucir, siempre hay un algo que se irgue sobre la destrucción sempiterna que ocurre instintivamente. Todo lo dicho en este párrafo pareciera estar sujeto únicamente a una colección de individuos que conforman una especie –o en su defecto algún grupo de un tamaño dado–, pero si analizan detenidamente lo que está dado rápidamente se darán cuenta de que podrán siempre hacer una depuración iterativa de ese grupo escogido, llegar al elemento más nimio de él, y comprobar que lo dicho por Syloh seguirá presente, sino con más fuerza, al menos con la misma magnitud destructora que para una colección infinita de entes solitarios que compongan la masa al borde de la putrefacción. Al fin exploramos, de manera corta, la forma en la cual Syloh ha entendido toda la historia de manera pseudorepetitiva.

 

Aquél que haya quedado satisfecho con el párrafo anterior puede proseguir con su quehacer, empero, es mi deber avisarles –y reconocer– que han quedado muchos cabos sueltos que se esclarecerán posteriormente. Entonces, después de dar la introducción de los componentes del pensamiento concreto de nuestro héroe, pasaremos por fin a descubrir cómo se gestaron éstos a través de las vivencias que el ente magnánimo ha tenido; así, al fin, podremos dejar el ensayo –de carácter metafísico– y apreciar la historia que antes fue prometida.

 

Antes de comenzar me parece pertinente hacer una aclaración: Para entender perfectamente a Syloh comenzaremos antes de su aparición en nuestra historia, incluso ésta tendrá un comienzo anterior a los Beurs, así que espero sean pacientes a la hora de seguir. Dicho lo anterior daremos comienzo a nuestro viaje épico.

 

Todo tiene inicio en el principio del Universo, en el momento en donde se generó este Uno Total en el que se desarrolla en paralelo un sinfín de historias de las cuales una sola es la que nos ocupa, la historia de un sistema solar, localizado en una galaxia de tamaño menor –qué caprichoso es el espacio, una monstruosidad llamada «pequeña»–, dentro de este sistema solar –que todos conocemos– alguna vez solían existir únicamente dos cuerpos, la preestrella y su antítesis, ambos del mismo tamaño.. Hoy en día podríamos decir que estos cuerpos estaban dotados de una vitalidad, que juntos componían una dualidad sucesiva en la que ninguno tenía poder absoluto hasta que –perdónenme por darle características antropomórficas a ambos elementos– el oscuro fue corroído por la envidia de no poder deslumbrar todo a su alrededor y quiso apoderarse del poder preestelar, mas ésta, al verse en peligro, naturalmente reaccionó de manera abrupta, explotando, aumentando su tamaño y diseminando las partes del todo que llegó a ser el oscuro en forma de planetas y demás «cuerpos celestes», siendo los primeros: cuatro interiores y cuatro exteriores, ambos separados por un anillo de asteroides, creando una segunda dualidad. Desde entonces se preveía esta transformación destructiva creadora debida a nuestras pulsiones innatas malévolas, puesto que sucedió por vez primera con la preestrella y el oscuro.

 

Ya hemos hablado de una segunda dualidad que fue creada en esta expansión «solar», y como algunos de ustedes ya habrán dilucidado, se trata de esta dualidad entre los planetas «fijos» y los demás cuerpos no sujetos a una posición respecto al Sol –me permitiré usar este nombre de ahora en adelante–. En este nuevo choque, a pesar de tratarse de una misma gran especie los móviles sentían una repulsión extrema por sus congéneres fijos, a los cuales atacaron decididamente, creando cuerpos que estaban «fijos a los fijos» –llamémoslos «difijos»– y cambiando la distancia de algunos fijos, los de menor tamaño, al Sol. Interesémonos solamente por el caso de un planeta en particular con su difijo: la Tierra y la Luna. Éstos se sentían tan separados después del ataque recibido por parte de los móviles, que a pesar de ser cruento no pudieron llevarlos a un distanciamiento total, ya que una fuerza emanada de la Tierra no permitía el alejamiento posterior, aunque tampoco era suficiente para recuperar la Luna inmediatamente, así evitarían daños superlativos por un apresuramiento –ésta misma fue la táctica que usaron la mayoría de fijos que sufrieron ataques análogos–. Empero, el deseo de estar juntos de nuevo de la Tierra y la Luna era tan poderoso que dentro de la Tierra se empezó a materializar lo que nosotros conocemos como la vida, dentro de estos seres hubo algunos que, especialmente favorecidos por los deseos lunares, se convirtieron en guardianes de los todas las demás creaturas, los famosísimos Beurs…

 

Al principio los Beurs cumplieron su misión cabalmente, aunque a diferencia de los fijos y en relación con los móviles, tenían menor control en el instinto oscuro que se había heredado, el cual parecía ser mayor mientras más pequeño o más «importante» era la existencia del ser en cuestión. Por este mismo hecho los Beurs después de un tiempo de armonía terrenal iniciaron una época de conjuras y desconfianza que sería fatal para ellos y por poco para el fijo en el que se encontraban. Aquí es donde toma importancia Syloh, creado por una secta de Beurs –esta secta preveía el final de la raza, y a pesar de que se oponía a su destrucción, los demás poco caso les hicieron (así de cegados estaban para ese locuaz momento de las gran secta)–, la cual buscó la manera de perpetuarse, su solución fue crear un ente que reforzara al fijo mientras residía en el difijo. La solución finalmente fue llamada Syloh, un ser que en forma es idéntico a un humano, en su sentido más amplio (basado en el hecho de que poseía «razón»), solamente un tanto más alto y fornido que el hombre más alto y fornido de nuestra raza en toda la historia. Syloh fue creado con la propiedad de poder moverse libremente entre el difijo y el fijo para reconstruir los desmanes que otros hicieran. A punto estuvo de desaparecer junto a los Beurs, ya que su poder dependía directamente del núcleo terrestre, el cual estuvo cerca de carecer de la energía necesaria para que Syloh pudiese recontruir los destrozos que sus creadores habían cometido. Paradójica imagen: la creatura, reconstruyendo lo que sus creadores habían destruido.

 

Como ya se habrán dado cuenta el arquetipo del humano es Syloh, pues mientras reconstruía la Tierra, dándole su forma original, aquella que imperó antes de la explosión natural del los Beurs, solamente cambiada en el aspecto de que ahora era hábitat de diversas especies animales, de las cuales solamente los herbívoros, al ver a Syloh trabajar querían y buscaban imitarlo y, a lo largo de muchos años muchas especies de estos seres lo consiguieron, aunque siempre era una especie la que lo lograba a la vez. Ninguna de estas comunidades soportó el verse convertida en la más importante en la faz de la Tierra y terminó sucumbiendo –como los Beurs– a sus instintos oscuros. Syloh, al ver esto, se dio cuenta de una analogía entre todas las especies –puesto que no tiene palabras intentaremos ponerlo en las nuestras– en la cual cada especie se asemejaba a las estaciones anuales, pues en la primavera nacían, en el verano tenían su apogeo, en el otoño comenzaba su declive en forma de desconfianza y en el invierno terminaban por caer en la desgracia y en el olvido. Incluso, llevándolo más lejos, podríamos hacer la comparación con el acertijo de la Esfinge en Edipo Rey, aumentando una etapa más –representando a la muerte– y añadiéndole al acertijo que en cada etapa la malicie va aumentando hasta ya no poder contenerse en el cuerpo. Así fueron sucediéndose especie tras especie, hasta que ninguna otra quiso intentar ser como Syloh, pero después de milenios los únicos que desearon y pudieron llevar a cabo tremenda hazaña –curiosamente ya no herbívoros–, en una medida más o menos satisfactoria –puesto que no contaban per se con esa naturaleza semidivina-, fueron los primates localizados en el Cuerno de África, la especie australopithecus afarensis, la cual devino en lo que somos al día de hoy.

 

Cabe destacar que ninguna otra especie tuvo mayor osadía en copiar a Syloh como ésta, ¡incluso llegaron a ser bípedos!, no como los otros que habían decidido seguir tal cual los había hecho la naturaleza, así que ninguna otra creatura podría llegar a ser tan vil como estos primates. Para evitar que esta malicia destruyera de manera rápida a esta especie que tanto llegaría a asemejarse a los Beurs de poder sobrevivirse a ellos mismos el tiempo suficiente, Syloh actuó por fin de una manera como nunca lo había hecho, aconsejó a los primeros, les ayudó a edificar magnos edificios que aún podemos visitar el día de hoy, ¡¿quién imaginaría que llegó a ser el mandamás en ciertas ocasiones y dirigió directamente a la raza?! Desafortunadamente sus esfuerzos resultaron, en cierta medida, inútiles, pues la vileza innata de la raza salió a flote y se esparció entre pueblos rápidamente con la creación de distintos dialectos, más tarde los idiomas, ¡y aun más con la especialización del trabajo! ¡Oh, cuán bajo caímos con todas esas distinciones que hicimos entre nosotros! Sorprendentemente, muchísimo más para alguien como Syloh, esta raza es la que más ha perdurado y esto solamente tiene una explicación: Hemos, hasta ahora, sabido encausar nuestra vileza natural para seguir superándonos –aunque claramente hayan existido algunos incautos que intentan destruir todo lo construido hasta ahora o extinguir a subrazas (Nerón, Hitler y Stalin como ejemplos) de esta raza vieja y joven a la vez–. Por eso es que Syloh ha externado sus pensamientos acerca de esta recurrencia espiroidal, para que aprendamos de los errores de «nuestros antepasados» y evitemos caer en esta vileza oscura, «beursiana», salvaje, pérfida… como sea que queramos llamarla. O si caemos que al menos no hagamos caer a la especie que pudiese suplantarnos y así respetar a nuestra Madre Tierra que tantos gozos nos da sin reclamarnos el creciente envenenamiento de maldad que acusa por culpa nuestra. Syloh lo ha hecho porque sigue creyendo en nosotros y duda que esta sucesión infinita de especies pueda continuar muchas veces más.

 

Por último me gustaría agregar el porqué Syloh fue llamado desde el principio como «el héroe de todos los tiempos», ha sido llamado así porque ha sobrevivido a todos los declives que ha habido a causa de las distintas especies que intentan imitarlo; es llamado así porque sin él no podríamos continuar con esta recurrencia, puesto que él reforma al mundo cuando una especia suma muere; porque ayudó a esta especie a llegar al súmmum. Porque sin recibir gran cosa él ve por los demás sin hacerlo realmente, por eso Syloh es un héroe.

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