«Un día de viaje conmigo mismo»

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Hoy amanecí en un cuarto de hotel, cuya ubicación no es necesaria revelar, en una habitación en un segundo piso con mira hacia la nada de las hojas de un árbol plantado en medio de un camellón de una avenida que atraviesa una ciudad (quizá exagere en esto último). Esas exageraciones poéticas de el despertar con las primeras luces del alba no van aquí, pues cuando mi hermana corrió el estor, abriéndolo, se descubrió una luz potente proveniente de un Sol ya suspendido en el cielo, esto a pesar se que el astro estaba siendo figurativamente tapado por una serie de nubes que en conjunto daban la apariencia de ser una sola y gran nube de incalculables dimensiones. Eran las nueve de la mañana. Decidimos ver el televisor para matar el tiempo que pasaría antes de bajar al comedor del hotel para disfrutar de un aún desconocido desayuno (pues solamente contábamos con la información de que se trataba de un desayuno bufé). Pasó el tiempo y bajamos (toda la familia que consta de los padres, su servidor y mis dos hermanos) para encontrar que las mesas del comedor estaban agotadas, cosa que nos sorprendió ya que durante el día anterior habíamos visto una cantidad casi nula de huéspedes que cohabitaran con nosotros, así, para mayor sorpresa mía, se preparó una mesa en una vecindad del comedor al aire libre (la cual resultó más conveniente) en la cual pudimos degustar la comida que se nos ofreció como cortesía. Después regresamos a las habitaciones de forma veloz para los últimos preparativos de lo que sería un recorrido único. Finalmente bajamos al estacionamiento y partimos en la camioneta familia, siendo de esta forma como comenzamos este inigualable trayecto. Eran la once y pico (mentiría con una hora exacta, lujo que sí me di arriba).

 

Salimos de las inmediaciones de nuestro alojamiento provisional sólo para dirigirnos un lugar que yo no imaginé de la forma en la que pude disfrutar, pues anteriormente se me había comentado que se trataba de «una zona de artesanías», entonces iba dispuesto a encontrarme vasijas de barro, figuras simbólicas de la región del mismo material, orfebrería relativamente barata, etc. Gran ventaja fue el hacerme tal ilusión ya que ayudó a que lo que finalmente vi fuese mucho más sorprendente; ¡se trataba de miles de puestos de pequeños comerciantes tratándose de labrar una vida! No exageraría si dijera que los locales establecidos (la mayoría de forma paupérrima, compuestos únicamente por una lona y mesas baratas que hacían la función de lugares de muestreo) tenían de todo lo que podría considerarse dentro del folclor mexicano y aun más. Al principio creímos que se trataba de un tianguis de modesto tamaño, pero al ir caminando por tal fuimos descubriendo que esta variopinta reunión de miles de artículos que no olvidaré describir se prolongaba a lo largo de una serie de manzanas, dándole una amplitud antes no imaginada. Era tan hipnotizante el vislumbrar los diferentes artilugios y la tanta gente que se daba cita en el lugar al que habíamos asistido nosotros. Todo lo que vi lo trataré de resumir en unas palabras: un guirigay inesperado de nuestro folclor como habitantes de México. Había lonas en las que se comerciaban distintos artículos para el hogar, siendo éstos servilleteros, llaveros, cortinas, chucherías de adorno como soportes para velas, pinturas de estilos poco convencionales con bajo valor comercial y vasijas hechas con distintas técnicas que, aunque puedan parecer demasiado sencillas a simple vista, una persona normal no sería capaz de formar con sus propias manos. Aunado a todo esto estaban los ya clásicos ornamentos con figuras de los ángeles y de la Virgen que tanto alaba esta cultura nuestra. Más aun, había puestos con relojes, discos, lentes, zapatos, ropa regional, etc.; pero los más importantes eran aquellos de dulces típicos y licores (ya saben el porqué de que fuesen bastante visitados estos locales), ahí mi hermano llegó a comprarse una resortera de ésas que ya no se ven en nuestra ciudad natal. Tan atascado era el lugar que las dos horas que duró nuestra estadía se pasaron como arena entre los dedos, sinceramente nadie sintió el transcurso del tiempo. A mi parecer influyo mucho el haber visto tanta gente matándose por conseguir una forma digna de vida, siendo estas personas honradas y amables en su trato con los demás, todo esto a pesar de la dureza de sus manos, el extinto brillo de sus ojos y su poca esperanza de ser llamativos ante la multitud. Saliendo de ahí era ya la una de la tarde, el clima era nublado con atisbos de una luz cálida proveniente de nuestra estrella. 

 

Partimos nuevamente en el coche, rumbo a lo que sería la parte visualmente más hermosa de todo el recorrido (desafortunadamente no tengo la habilidad para hacérselos ver como yo tuve la oportunidad, pero haré mi mejor esfuerzo, porque si soportaron el texto sinsentido de arriba merecen una recompensa por su tenacidad). Íbamos en la carretera, con un rumbo fijo, mi padre al volante, los demás distribuidos uniformemente en el interior del automóvil; como decidieron poner música que no es de mi agrado decidí, por mi parte, el aislarme con mi iPod y un buen libro de Borges (Ficciones), pero de mi sopor social me sacó la maravilla que en un momento vislumbré: una serie de peñascos, riscos y demás fallas de gran tamaño, cubiertas parcialmente por neblina de un gris nebuloso que le daba un carácter tétrico a la vez que impresionante a tal vista; me quedé anonadado de tal forma que desistí en mi intento de seguir leyendo y me puse a observar las maravillas que un paisaje puede ofrecer, ya que además de esta vista terroríficamente bella existía otra no menos impactante: una amplia extensión de un refulgente azul que impregnaba la penca de las pitas (mejor conocidas como agaves) que cubrían trechos que uno tardaría días en recorrer a pie. La combinación de estas dos imágenes opacaba contundentemente una tercera más sencilla aunque no por eso menos bella: la tierra de labranza dividida en segmentos para no-sé-qué poblada por escasos animales de campo que dominan sus lares. Perdónenme por regresar al avistamiento de la sierra (la llamaré así por conveniencia al desconocer lo que realmente es), empero, creo que es menester el hacerlo puesto que tuvimos tiempo de verlo más detenidamente al tener que parar en una gasolinera para pedir informes acerca de la ruta a seguir para arribar a nuestro último paradero turístico del día; fue en ese momento cuando lo vi, cuando la influencia de García Márquez, Vargas Llosa, Ruben Darío,  Borges, y demás escritores latinoamericanos que tienen el poder de describir con sus palabras la belleza de paisajes y situaciones, hizo mella en mi ser, lo vi en esa formación rocosa, poblada de sempiternas plantas que verdeaban su situación, ocultas entre la espesura lechosa de una nube que rápidamente conquistaba la cima y la base de la sierra, cima en la cual no podía faltar la cruz cristiana. Fue en ese instante cuando entendí o creí entender la razón de nuestros desvaríos relacionados a la imagen natural, el porqué de nuestra explotación artística de los paisajes; mi razón es: porque no buscamos entenderla, buscamos gozarla. Ya había perdido la noción del tiempo.   

 

El resto del viaje de hoy no es más que relleno que se disfruta en el momento como una vivencia que después se podrá contar cara a cara, fue la visita a una fábrica de producción de una bebida alcohólica que lleva por nombre el nombre de la localidad de donde surgió, fábrica en la cual muchos se maravillarían por las piñas que cuecen a altas temperaturas, los hornos de cocción, los tanques con levadura, el amontonamiento de barriles llenos de tal bebida, dejados en barricas para el reposo de ese elixir mexicano, vaya, creo que quedarían maravillados por el simple hecho de que tendrían algo para degustar con 55 grados de alcohol (vi a una persona tomarse un caballito de tal y casi vomito por ella). Saliendo de ahí el tener que correr bajo la lluvia para no mojarnos tanto y regresar en el coche por medio de una carretera en la cual la obscuridad era total, parecía que uno pudiera ser engullido en cualquier momento por ella ya que, como se dijo antes, las nubes tan bajas tapaban completamente la bóveda estelar y la única luz era la que producían los faros del automóvil, pues a nadie nos encontramos antes de llegar a la autopista de cuota. Fue en ese trecho en donde decidí escribir esto y lo comencé, ahora son las once treintaiocho y estoy aquí, escribiendo por querer parecerme a mis ídolos aunque sepa que mi talento es nulo comparado al de ellos.   

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